El cambio de la matriz productiva o la mayor estafa política de la historia

Es el momento de empezar a desenmascarar la mezcla de ignorancia y prepotencia bajo la cual se esconde el verdadero significado de cambio de la matriz productiva, con la que se pretende engañar a la sociedad y que no debería sorprendernos porque en realidad es parte de un proyecto político que será recordado como “la mayor estafa política de la historia”.
En marzo del 2015, la Vicepresidencia de la República presentó el Plan Estratégico para el Cambio de la Matriz Productiva. Aunque el cambio del modelo económico estuvo desde el primer día en la agenda transformadora del Gobierno y ha constituido el estribillo permanente de tres planes de desarrollo, es en este documento donde se sintetiza la propuesta gubernamental del cambio del modelo de acumulación económica, en qué consiste la transformación, cuáles son los mecanismos que permitirían pasar de una estructura económica primario – exportadora hacia una economía generadora y exportadora de valor agregado y sobre todo, el documento deja planteado un listado de tareas pendientes para los próximos gobiernos para continuar en la transición hacia un nuevo patrón de desarrollo.

En principio no debería ser objeto de atención un documento que plantea un cambio del modelo de desarrollo en las postrimerías de gestión de un gobierno. Con escasos meses para finalizar el ejercicio del poder, con un déficit fiscal que obliga a centrar su gestión en raspar la olla para cubrir sus obligaciones del día al día y bajo una crisis económica que se profundiza cada vez más, no tendría objeto entrar en un análisis de un plan que, aun en circunstancias de bonanza económica, carecería de la más mínima viabilidad.

Pero no se trata aquí de apalear un caballo muerto. El interés de un breve examen de la propuesta para un cambio del modelo de desarrollo es múltiple. Ante todo porque es indispensable establecer un balance de los cambios publicitados por el Gobierno luego de más de nueve años de gestión. Se trata de un periodo suficientemente largo en el que las transformaciones de la estructura económica deberían haber empezado a rendir sus frutos y reflejarse en un conjunto de indicadores que permitan evaluar a la sociedad el alcance y profundidad de la acción transformadora de una década. Segundo, porque es necesario develar el contenido de un proyecto grandioso que ha resultado en el más rotundo fracaso y cuyas causas ya empiezan a ser atribuidas, con la astucia característica de este Gobierno, a la caída de los precios del petróleo y, sobre todo, al desastre natural que asoló la costa ecuatoriana en abril pasado. Tercero, porque es el momento de empezar a desenmascarar la mezcla de ignorancia y prepotencia bajo la cual se esconde el verdadero significado de cambio de la matriz productiva, con la que se  pretende engañar a la sociedad y que no debería sorprendernos porque en realidad es parte de un proyecto político que será recordado como “la mayor estafa política de la historia”. Por último, porque es necesario empezar a repensar nuevamente en trayectorias de desarrollo que abran nuevas perspectivas de transformaciones coherentes y viables para la economía y la sociedad.

Una planificación para treinta años

“El Gobierno de la revolución ciudadana está dejando una planificación para al menos 30 años”. Esta fue quizá una de las declaraciones más reveladoras del Informe del Gobierno a la Nación el 24 de mayo último. Semejante afirmación no puede pasar desapercibida por la sencilla razón que, de aquí en adelante, es alrededor de este mensaje que se va a jugar una parte del discurso de la retirada de la revolución ciudadana. En un futuro cercano, cuando los burócratas de hoy, en medio de la agudización de la crisis, tengan explicar el despilfarro y manejo irresponsable de su gestión, se escuchará todo un estribillo reivindicatorio: nosotros dejamos el camino trazado para el buen vivir, las metas del milagro estaban claramente establecidas…  la crisis se debe a haber ignorado todo un programa, un  plan de acción y los objetivos que expresaban la voluntad de continuar con la transformación histórica del Ecuador. El corolario será claro: la culpa de la crisis es de quienes no han continuado la grandiosa obra empezada.

En un futuro cercano, cuando los burócratas de hoy, en medio de la agudización de la crisis, tengan explicar el despilfarro y manejo irresponsable de su gestión, se escuchará todo un estribillo reivindicatorio: nosotros dejamos el camino trazado para el buen vivir, las metas del milagro estaban claramente establecidas…

De ahí que sutilmente, de manera particular en el mencionado documento, se insista en el fortalecimiento, la profundización, la ampliación, en definitiva, en la consolidación  de la gran obra transformadora iniciada. Según este documento, el próximo gobierno no partirá de cero. Las bases de la transformación han sido ya construidas y lo único que tiene que hacer es fortalecer, profundizar, incrementar, continuar, ampliar, …  la gran obra pública del gobierno de la revolución ciudadana. Siempre esa idea de transformación y de cambio que no llega a concretarse y que persiste como una promesa indefinida en el tiempo. De ahí la necesidad de insistir que estamos en una “época de transición”. No importa  hacia dónde.  Lo que importa es el mensaje de continuidad de una obra grandiosa existente únicamente en la realidad virtual de los portales de Internet de las agencias gubernamentales.

Lo que no queda claro en el mensaje del Gobierno es a que trayectoria de desarrollo se refieren cuando nos hablan de una planificación para los próximos treinta años.  Se refieren acaso a aquella de las “orientaciones éticas, utópicas y teóricas que permiten delimitar el norte del camino y asegurar la factibilidad de sus sueños” (PND p. 44) ; o quizá a aquella que nos asegurará “la satisfacción de las necesidades, la consecución de una calidad de vida y muerte digna, el amar y ser amado, y el florecimiento saludable de todos y todas, en paz y armonía con la naturaleza” (PNBV-I, p.6)  o tal vez a aquella que nos conducirá al “socialismo del buen vivir”, que “no busca la opulencia  ni el crecimiento económico infinito”  sino “todo el mundo mejor” (PNBV-II, p.12) ?  De que planificación nos están hablando?

La confusión aumenta porque el listado de los modelos de planificación de la revolución ciudadana alcanza para todos los gustos. Además de los tres planes de desarrollo, de hondo contenido onírico, tenemos aquellos, igualmente surrealistas, elaborados por  tecnócratas hipnotizados de varias dependencias del Gobierno. Así, cuando nos hablan de una planificación para 30 años, no sabemos si se refieren a las 10 apuestas productivas que nos iban a convertir en campeones mundiales de la flores, las frutas y la madera; o a los proyectos transformadores de la Agenda para la Transformación Productiva con sus programas emblemáticos de los biocombustibles, la producción de hidrógeno para cocinas (de no-inducción) o la gasolina eco-país;  o aquel dechado de densidad intelectual que constituye el documento Política Industrial del Ecuador del ministerio de Industrias; o simplemente a la propuesta de la Estrategia Nacional para el Cambio de la Matriz Productiva de impulsar cadenas productivas en sectores intensivos en conocimiento como el desarrollo de software y el reciclaje de la basura. Con tantas intenciones y propuestas que han ido cambiando al ritmo de reciclaje de la alta burocracia, los resultados de la extraordinaria gestión tecnocrática del Gobierno son dignos de resaltar.

Una década ganada

El gobierno de la revolución ciudadana se propuso un cambio en el modelo de acumulación de la economía ecuatoriana. En los documentos, planes y agendas de ministerios y secretarías, la idea de transición “de una economía primario-exportadora basada en recursos finitos a una economía del conocimiento basada en recursos infinitos” se convirtió en el objetivo permanente alrededor del cual se pretendía estructurar toda la acción gubernamental. Derivados de este objetivo se plantearon las grandes metas transformadoras de un modelo caduco de desarrollo. El programa planteado ha sido claro: i) aumentar la participación de la industria en la composición del producto nacional, ii) diversificación “inteligente” de las exportaciones e incorporación de mayor valor agregado a través de productos manufacturados, iii) dinamización del mercado interno y substitución selectiva de importaciones, iv) generación de empleo de calidad y v) desconcentración de la riqueza.

Todo este plan de acción se condensa en lo que a partir del 2012 empieza a pregonarse en la propaganda oficial como el cambio de la matriz productiva. Un breve examen de los resultados alcanzados permite apreciar la eficacia de la planificación gubernamental en estos últimos nueve años.

“Cambio del patrón de especialización productiva”.

Bajo esta pomposa denominación, que no corresponde sino al viejo concepto de política de desarrollo industrial, la preocupación constante del Gobierno (por lo menos en el discurso) ha sido la formular una amalgama de propuestas e intervenciones diseñadas para dinamizar determinados sectores o productos cuya priorización ha ido cambiando según las circunstancias políticas y el grado de influencia de los voceros que las han propuesto. La política de un desarrollo selectivo de la industria tenía como meta incrementar el peso de la manufactura en la generación del valor agregado nacional.

Los resultados de esta estrategia están a la vista: en el año 2007 la industria manufacturera contribuyo con el 13.7% al producto interno bruto y para el año 2013  esta participación descendió al 12.4% (la contribución más baja en los últimos 30 años).

Los resultados de esta estrategia están a la vista: en el año 2007 la industria manufacturera contribuyo con el 13.7% al producto interno bruto y para el año 2013  esta participación descendió al 12.4% (la contribución más baja en los últimos 30 años). Este descenso refleja en parte el freno a la inversión en la sector manufacturero que durante el mismo periodo pasó del 11.7% de la inversión total al 10.4%. Más revelador aun es el comportamiento de la inversión privada en maquinaria y equipo cuya inversión disminuyó   del 82.5% en 2007 al 65.8% en el 2013.

Las perspectivas de decrecimiento de la economía ecuatoriana permiten prever una continuidad de las tendencias señaladas de tal manera que finales del presente año la manufactura representaría escasamente el 10% del producto nacional. En otras palabras, la estrategia de cambio de la matriz productiva emprendida por el Gobierno, en lugar de haber promovido el desarrollo o fortalecimiento de sectores productivos con mayor valor agregado y generadores de empleo de calidad, ha resultado en un proceso alarmante de desindustrialización de la economía ecuatoriana; es decir, exactamente lo contrario a las metas que el Gobierno se propuso bajo su programa de cambio de la matriz productiva.

“Diversificación inteligente de exportaciones”.

Otro de los ejes de la planificación gubernamental estuvo centrado en una diversificación de la canasta de productos de exportación de la economía nacional. El planteamiento del Gobierno ha sido claro: “se espera que la industria nacional satisfaga la demanda interna y genere excedentes para exportación. Asimismo, la estrategia busca sustituir exportaciones por bienes con mayor valor agregado y no exclusivamente dependientes de procesos extractivos”. Al igual que con las metas de industrialización, el resultado de la política de diversificación de exportaciones al cabo de nueve años de Gobierno muestra exactamente lo contrario de las metas propuestas.

En efecto, en lugar de una diversificación de la canasta de exportaciones se ha producido gradualmente una concentración en productos primarios y tradicionales. En los últimos nueve años la dinámica de las exportaciones ha estado marcada por dos productos: camarón procesado y elaborados de pesca. La participación de exportaciones de productos manufacturados (excluyendo los productos mencionados)  en el total de exportaciones no petroleras descendió  desde el 23.3% en el 2007 al 18.9% en el año 2103. En relación al PIB y para el mismo periodo, las exportaciones de la manufactura representaron el 10.4% y el 6%, respectivamente. En otras palabras, no se produjo ninguna diversificación de las exportaciones hacia productos con un mayor valor agregado; por el contrario la economía del país se volvió cada vez más dependiente de los productos tradicionales, una suerte de re-primarización de la economía, favorecida por la coyuntura del boom de las commodities.

“Substitución de importaciones para un desarrollo endógeno”.

Bajo la hipótesis que “con una demanda doméstica endeble, el mercado interno no puede desarrollarse y [que] la expansión de la producción se concentra en el sector externo” la estrategia de desarrollo se planteó el objetivo de una “transformación del patrón de especialización de la economía, a través de la sustitución selectiva de importaciones para la satisfacción de las necesidades básicas”. De acuerdo al plan de desarrollo, “la sustitución se enfoca en los sectores que cumplan con las siguientes características generales: secundario-terciarios, generadores de valor, desarrollo de infraestructura y capacidades estratégicas para el sector en cuestión, empleo de mano de obra calificada, desarrollo de tecnología y capacidades humanas especializadas”.

Las salvaguardas fueron adoptadas indiscriminadamente como una acción  desesperada para mantener a flote el sistema monetario de la dolarización.

Probablemente el indicador que refleja el fracaso más evidente de esta estrategia es el déficit comercial de la balanza comercial no petrolera por el incremento explosivo de las importaciones, sobre todo de bienes de consumo. Ya en el año 2013, este déficit llego a superar la estratosférica suma de 9.000 millones de dólares. La gravedad de la situación obligó al Gobierno a restringir las importaciones mediante un sistema de salvaguardias con el fin de detener la hemorragia de divisas que ponían en riesgo el sistema mismo de dolarización de la economía. Así, una medida que debía haber sido adoptada al inicio de la gestión gubernamental como parte de una estrategia de protección temporal a ciertos sectores industriales, fue adoptada indiscriminadamente como una acción  desesperada para mantener a flote el sistema monetario de la dolarización.

Indudablemente el crecimiento incontenible del gasto publico, la creación de empleo burocrático y los subsidios dieron lugar a un crecimiento acelerado de la demanda de bienes de consumo, demanda que no pudo ser canalizada por la acción gubernamental hacia una dinamización de la producción interna sino exactamente hacia lo que se pretendía evitar: el aumento indiscriminado de importaciones de bienes de consumo.

“Empleo digno y de calidad”

“Generar trabajos en condiciones dignas, buscar el pleno empleo priorizando a grupos históricamente excluidos, reducir el trabajo informal y garantizar el cumplimiento de los derechos laborales” es la meta que se propuso el Gobierno en el marco de su grandioso proyecto de cambio de la matriz productiva. Y no podía ser de otra manera ya que la generación de empleo ha sido y es el problema más acuciante que enfrenta la sociedad ecuatoriana. Las proyecciones demográficas justamente prevén que la población económicamente activa crezca a una tasa promedio del 2,2% anual. Esto implica que cada año, en promedio, se integran a la fuerza laboral alrededor de 170 mil personas.

De acuerdo a las encuestas del INEC, en la última década el empleo privado disminuyó de alrededor del 85% en el 2007 al 80% en el 2016. Únicamente en el sector de la manufactura este descenso ha sido del 11% al 10% a lo largo de la última década. Estas cifras oficiales muestran que la política de crear un empleo digno y de calidad se ha traducido a lo largo de la década en una precarización gradual del empleo; precarización que ha sido atenuada por la creación del empleo publico, usado como paliativo para compensar la perdida de empleo en el sector privado.

“Democratización de los medios de producción”

Este es otro de los grandes objetivos  alrededor del cual la revolución ciudadana montó todo ese discurso ambiguo y populista de una economía popular y solidaria, sin entender su significado y por lo tanto, los mecanismos necesarios para su concreción.   Como una verdad de Perogrullo, los tecnócratas concluían que “la acumulación polarizada del capital fortalece el poder de las elites económicas que concentran los beneficios del crecimiento en una minoría, razón por la cual urge un cambio del actual régimen de acumulación”.

Al cabo de una década, todo el discurso de cambio de régimen de acumulación ha resultado en proceso creciente de concentración de la riqueza del país en torno a un puñado de empresas y grupos económico.

Al cabo de una década, todo el discurso de cambio de régimen de acumulación ha resultado en proceso creciente de concentración de la riqueza del país en torno a un puñado de empresas y grupos económicos; concentración que se traduce en un control de tipo oligopólico y oligopsónico de la mayoría de los mercados de bienes y servicios. En efecto, bajo el gobierno de la revolución ciudadana se acentuó un proceso de concentración del capital, fenómeno que ya se venía observando desde inicios de la década pasada. En  2003 los ingresos de las 400 empresas más grandes que operaban en el Ecuador representaban alrededor del 50% del PIB y en 2014 sus ingresos ya habían alcanzado el equivalente al 58%. Evidentemente, un proceso de “democratización” de los medios de producción en el más puro estilo de la revolución ciudadana.

En conclusión, las constataciones anteriores resumen los grandes logros de “una década ganada”. Ellas muestran como el sueño poético de la burocracia, aquel de la planificación de una “revolución silenciosa que empieza como el deshielo en un nevado y forma un riachuelo, que crece y baja de la montaña, hasta convertirse en un caudaloso río” (PNBV, 2013-2017), se ha convertido en pesadilla. Lo que no advirtieron los burócratas iluminados es que los deshielos, la mayoría de las veces, provocan lajares, avalanchas destructoras que arrollan y convierten en escombros todo lo que encuentran a su paso; exactamente lo que ha ocurrido con el sueño planificador y la economía del país.

3. La teoría de la planificación a la inversa

Quizá ninguno de los resultados de nueve años de gestión del gobierno de la revolución ciudadana encaja tan bien en aquel dicho popular de salir el tiro por la culata como ha ocurrido con los “logros” del cambio de la matriz productiva. Resulta un tanto paradójico para el autoritarismo y prepotencia constatar que los objetivos planteados alrededor de esta estrategia han resultado exactamente lo contrario de las metas propuestas: una economía cada vez dependiente de la explotación y exportación de recursos primarios; un alarmante proceso de desindustrialización de la economía, una creciente precarización del empleo; un déficit peligroso de la balanza comercial, una peligrosa concentración de la riqueza, etc.

Todo esto nos conduce a pensar que a partir del 2007 la revolución ciudadana, seguramente sin proponérselo, instituyó una nueva categoría de planificación y gestión gubernamental, aquella que podemos denominar como la teoría de la planificación a la inversa: plantear un objetivo para alcanzar logros inéditos; es decir, exactamente opuestos a las metas propuestas. Seguramente la aplicación de esta novedosa teoría ha sido el tema de conferencias magistrales en universidades de calidad mundial o el motivo para los copiosos doctorados  honoris causa.

No es este el espacio para entrar en elucubraciones especulativas de tan brillante teoría; pero quizá la idea que condensa la esencia, la lógica de la planificación gubernamental puede ser resumida como sigue: “Contrario al espíritu conservador y ortodoxo de la economía neoliberal, que planteó dentro de su recetario la privatización de las empresas publicas”, el Gobierno de la revolución ciudadana ha emprendido la mayor subasta pública de empresas y bienes del Estado.

Lo sorprendente radica en que jamás en su larga noche el neoliberalismo soñó conseguir tanto con tan poco esfuerzo.

En el fondo, toda la acción del Gobierno se ha sustentado en una ideología, que por cerca de diez años, ha articulado conceptos y categorías que parecerían ser opuestas al neoliberalismo tradicional pero que, en realidad lo han continuado y lo han acentuado. Lo sorprendente radica en que jamás en su larga noche el neoliberalismo soñó conseguir tanto con tan poco esfuerzo. La entrega de los campos de petróleo a transnacionales, la hipoteca del oro de la reserva monetaria, la subasta de obras de infraestructura, la concesión de puertos, la venta de empresas como CNT o el Banco del Pacífico, el desmantelamiento de empresas públicas (minería, Enfarma), todo esto jamás nos hubiésemos imaginado ni aun bajo la aplicación de una doctrina de shock al más puro estilo del neoliberalismo según lo ha descrito Naomi Klein.

Todo esto nos lleva a constatar que por una década el Ecuador ha tenido un Gobierno aliado con el capital al que dijo combatir y con las transnacionales a las que se ufanó de repudiar. Como agudamente lo señala Pablo Dávalos, este Gobierno, al igual que muchos otros en América Latina, “es el producto y el resultado de una dinámica de la acumulación del capital y de la lucha de clases, en las que las nuevas formas de control y disciplinamiento social pasan por las aduanas de una democracia hecha para que todo se mueva y nada cambie”

4. La siembra de petróleo y la cosecha de una matriz productiva

Quizá frustrado en su intento por implantar un nuevo modelo económico el Gobierno nos lega todo un plan de acción para la continuidad de su magna obra. Dicho plan esta resumido en el documento Estrategia Nacional para el Cambio de la Matriz Productiva, al que ya se hizo referencia al inicio del presente artículo.  La estrategia está articulada alrededor de tres “componentes”: i) el desarrollo y fortalecimiento de cadenas productivas; ii) la creación de un entorno de competitividad sistémica; y iii) el desarrollo de industrias básicas.  De estas tres componentes, esta última es quizá la que mejor condensa toda la idea de transformación económica y social de la revolución ciudadana y su visión del desarrollo para los próximos treinta años.

Según la propuesta gubernamental, “las industrias básicas tienen la capacidad  de ser una base [sic] para el florecimiento de muchas más industrias que se pueden desarrollar alrededor de ellas”. Aunque no se dispone de información, resulta razonable asumir que la selección de las industrias fue el resultado de profundos análisis y hondas reflexiones (al interior del aparato gubernamental, por supuesto) sobre la viabilidad de desarrollo en el Ecuador de determinadas ramas industriales y sus impactos en transformar la economía hacia un nuevo modelo de acumulación. Así, las industrias básicas prioritarias para el desarrollo del país son: (ver Cuadro 1): petroquímica, siderurgia, fundición y refinación del cobre, producción de aluminio, producción de pulpa y la industria naval (astilleros).

La implementación de estos grandes complejos industriales se prevé financiar  con los ingresos de la exportación de petróleo. La fórmula salvadora, más bien simple pero de una alquimia impenetrable, consiste en “sembrar petróleo y cosechar una matriz productiva para la sociedad del conocimiento”. Por el momento, el único inconveniente que se presenta para la realización de este grandioso plan es que tanto la siembra como la cosecha tendrán que esperar por lo menos hasta el 2024, año en el que expiran los compromisos de las ventas anticipadas de petróleo a China.

Sin lugar a dudas, la Estrategia consiste en un dechado de imaginación. Como diría la propaganda oficial, nunca antes, por primera vez, jamás en la historia del país se concibió un plan tan grandioso destinado, esta vez sí, a asegurar la “factibilidad de los sueños”, “el florecimiento saludable de todos y todas”, “el socialismo del buen vivir”. Los lectores y lectoras son invitados a un breve examen de esta verdadera pieza de antología.

Una planificación sustentada en el pre-sondeo

Al igual que con la selección de las industrias básicas a ser desarrolladas, cualquier persona daría por sentado que un plan de semejante magnitud y trascendencia se sustenta en análisis sobre rentabilidad de las inmensas inversiones, estudios de mercado para la exportación de productos, fuentes de abastecimiento de las materias primas a ser procesadas, infraestructura necesaria para el desarrollo de mega proyectos, capacidad nacional para el manejo de gigantescos complejos industriales, etc. Entonces, es fácil imaginar decenas y hasta centenares de expertos y especialistas investigando en opciones, alternativas y viabilidad de proyectos destinados a asegurar el buen vivir de la sociedad ecuatoriana.

Toda la propuesta transformadora de la economía nacional se basa en “información preliminar”, “estudios de pre-sondeo” y “estudios de pre-factibilidad en marcha” es decir, únicamente en antojos de una burocracia desbordada de imaginación.

Sin embargo, la realidad es mucho más simple. Como no podía haber sido de otra forma bajo una revolución ciudadana eficiente y optimizadora de los recursos públicos, la planificación de toda la acción transformación del modelo de acumulación ha sido llevada bajo pragmatismo que no deja de asombrar.  Toda la propuesta transformadora de la economía nacional se basa en “información preliminar”, “estudios de pre-sondeo” y “estudios de pre-factibilidad en marcha” (ver Cuadro 1); es decir, únicamente en antojos de una burocracia desbordada de imaginación. No existe el mas mínimo análisis que sustente ni remotamente la viabilidad de los proyectos planteados.

Este enfoque también podría considerarse como un nuevo aporte de la revolución ciudadana a la praxis de la planificación: una especie de planificación virtual existente únicamente en imágenes. Lo que importa es mostrar publicaciones y/o paginas Web, con una profusión de fotos y colores, convirtiendo a la planificación en un ejercicio de fotoshop y de tintorería burocrática que lo único que pretende es venderle a la sociedad cualquier disparate que pueda mantener ilusiones en un proyecto político que no termina de agonizar.

Aprovechamiento de las ventajas comparativas

La premisa dominante en la propuesta de desarrollo de las industrias básicas parte del aprovechamiento de las “ventajas comparativas dinámicas del país”. Estas ventajas presentarían condiciones privilegiadas para posicionar la industria nacional en una situación aventajada en el mercado mundial. Así, el desarrollo de la industria siderúrgica se sustenta, según la imaginación de los planificadores, en el aprovechamiento de dos grandes ventajas comparativas que dispondría el país: las grandes reservas de mineral de hierro que supuestamente existen en Manabí y los inmensos depósitos de gas natural costa afuera.

Solamente dos detalles pasan por desapercibidos para la tecnocracia. El primero, que las supuestas reservas ferro-titaníferas de Tola Norte y Monpiche no son sino meras especulaciones sobre la existencia de depósitos de este mineral en estas regiones. Segundo, que el aprovechamiento de este mineral requeriría todo un largo y costoso trabajo de prospección de las áreas potenciales, la cuantificación de reservas probadas, la factibilidad económica de explotación y las inmensas inversiones para poner en marcha los procesos de extracción. Una asunto trivial para los planificadores. Aquí cabria otra variante de la planificación a la inversa: primero instalar un gigantesco complejo siderúrgico y luego buscar la materia prima que alimente la planta industrial. Es decir, un procedimiento similar al caso de la refinería del Aromo: primero invertir más de mil millones de dólares en construir un terraplén, luego buscar el financiamiento para la construcción del complejo industrial y por último, encontrar el petróleo que se va a refinar.

Pero el problema de la materia prima para la industria siderúrgica no se queda ahí. Para los procesos siderúrgicos de reducción directa del hierro se requiere gas natural como materia prima. En este caso también es necesario una actividad de prospección, estimación de reservas y tasas de extracción de gas, construcción de plataformas gasíferas para la explotación y construcción de un sistema de gaseoductos submarinos. De todas maneras, en este punto hay que señalar una cierta complementaridad entre la siderurgia y la construcción de astilleros, otra de las industrias básicas para el cambio de la matriz productiva. El desarrollo de la industria de astilleros prevé, en su segunda fase, la construcción de dos barcos por año para soporte de la explotación off-shore de gas natural. Se repite nuevamente la secuencia de la planificación anteriormente señalada: instalar el complejo siderúrgico, luego construir barcos para la exploración off-shore de gas natural y por ultimo hacer los trabajos de prospección para determinar la existencia de gas y su factibilidad tecno-económica de explotación. Una lógica impecable.

En el caso de la industria del cobre, las ventajas comparativas dinámicas estarían dadas por  nuestra ubicación geográfica (cercanía a Chile y Perú, fuentes de abastecimiento de la materia prima) y la dependencia del país con respecto a China,   mercado que absorbería la producción nacional de cátodos de cobre. En ningún momento se plantea la pregunta elemental sobre la ventaja competitiva de una industria de refinación del cobre en el Ecuador frente a los dos primeros países que no solo poseen ingentes reservas de este mineral sino una larga experiencia en su explotación y transformación. Estos detalles poco importan para una industria que “es atractiva en Ecuador siempre y cuando se desarrolle un ambiente institucional que permita una actividad competitiva” o siempre y cuando se implementen “políticas de contingencia ambiental y social en conjunto con gobiernos descentralizados”.

El único problema consiste en que la capacidad de generación hidroeléctrica hay que construirla y para ello, sin ningún pudor, los tecnócratas estiman que serán necesarios instalar tres mil seiscientos megavatios de nueva capacidad de generación hidroeléctrica.

En el caso de la metalurgia del aluminio, las ventajas comparativas dinámicas alcanzan niveles surrealistas. La propuesta consiste en la construcción de una planta de procesamiento de aluminio con una capacidad de procesamiento de 500 mil toneladas por año (entre las primeras del mundo por su capacidad). Aquí tampoco importa de donde se importara la bauxita (Australia, Indonesia, Surinam, Guinea, …), con quienes se va a competir (USA, Australia, Rusia), en cuáles mercados. El factor fundamental es aprovechar la mayor ventaja competitiva que ofrece el país: la hidroelectricidad. La estrategia para el cambio de la matriz productiva plantea como objetivo “desarrollar la industria de fundición del aluminio aprovechando las ventajas competitivas del Ecuador, principalmente el bajo costo de la electricidad” (generada por las centrales mas caras del mundo).

El único problema consiste en que la capacidad de generación hidroeléctrica hay que construirla y para ello, sin ningún pudor, los tecnócratas estiman que serán necesarios instalar tres mil seiscientos megavatios de nueva capacidad de generación hidroeléctrica. Para proporcionar al lector o lectora una idea del orden de magnitud de la energía requerida, la nueva capacidad necesaria para alimentar únicamente la planta de aluminio equivale a dos nuevas centrales Coca Codo Sinclair más una nueva Sopladora más un nuevo Toachi Pilatón. Una estrategia que  necesariamente nos remonta a inicios del siglo pasado cuando la consigna leninista de: socialismo = electricidad + poder de los soviets, ahora se ha transformado en: socialismo del buen vivir = hidroelectricidad + industrias estratégicas.

En términos de inversión, además de 2.500 millones de dólares para la construcción de la planta productora de aluminio, se requeriría más de 7 mil millones de dólares para la construcción de las centrales hidroeléctricas que generarían la electricidad requerida  para el abastecimiento de energía del complejo metalúrgico. Este es otro ejemplo de planificar para la asignación optima de escasos recursos.

La industria de la pulpa de papel tampoco se queda atrás en términos de imaginación surrealista. La instalación de una planta de producción de celulosa, de acuerdo a las estimaciones de los planificadores, requiere como materia prima la madera proveniente de 330 mil hectáreas de plantaciones de pino y eucalipto. Exactamente como usted lectora o lector lo esta entendiendo: una de las industrias estratégicas que nos llevara al buen vivir exige convertir grandes extensiones de nuestros bosques, páramos y sembríos en 210 mil Ha. de eucalipto y 120 mil Ha. de pino, para alimentar una fabrica de pulpa que va a “diversificar las exportaciones y reducir las importaciones mediante la puesta en marcha de una industria local”.

Como lo advierte el documento en cuestión, aquí ya no es necesaria “una intervención más directa mediante inversión y gestión directa del Estado” como se plantea para el resto de industrias básicas. El papel del Gobierno se limitaría a “conseguir [sic] entre 240 mil y 340 mil hectáreas de tierras, … con el clima, pendiente, altura y continuidad” adecuadas para asegurar la sostenibilidad económica de las inversiones transnacionales ávidas de contribuir a la consecución del buen vivir en el Ecuador.

El uso del agua, los efectos ambientales del monocultivo y, sobre todo, la concentración en la tenencia de la tierra son problemas secundarios.

Por último, no puede dejar de mencionarse otro de los milagros, la construcción de grandes astilleros que sin lugar a duda tendrán una incidencia determinante en la  transformación de la matriz productiva. El razonamiento para el desarrollo de los grandes astilleros nacionales también es impecable: “aprovechar la generación de empleos de calidad, tanto en la parte de ingeniería como técnica, pues un barco es una ciudad flotante que requiere expertos en diferentes ramas para su construcción, potenciando el desarrollo de innovación, tecnología y conocimiento”. La contundencia del argumento exime de comentarios.

El desarrollo de la industria naval está planteado en tres etapas. Primero un astillero para la reparación de nuestra voluminosa flota mercante; segundo, la ampliación para la “producción” de dos barcos por año para la exploración off-shore del gas natural que alimentaria la industria siderúrgica; y tercero, una nueva ampliación mediante la construcción de diques secos que permitirán la construcción de hasta cuatro mega tanqueros por año para la exportación del petróleo (que se está agotando). Todo esto bajo la estrategia de “impulsar el progreso de esta industria por medio del desarrollo de sus externalidades e interfaces adyacentes a las industrias del acero” (queda para las y los lectores descifrar el hondo significado de esta frase).

Generación de empleo digno y de calidad

La inversión estimada para el desarrollo de las industrias estratégicas es de alrededor de once mil millones de dólares, sin considerar la inversión en la construcción de los astilleros. Como lo señala el documento, “debido a la importancia de sus externalidades, a la escala de su inversión, a la percepción del riesgo y a los periodos para los retornos, el rol del Estado para el desarrollo de estas industrias requiere una intervención mas directa mediante inversión y gestión directa del Estado”. Hay que aclarar que el monto de la inversión requerida no considera las inversiones en el desarrollo los complejos mineros, gasíferos o las plantaciones forestales.

Uno de los criterios de peso en las decisiones sobre proyectos que involucran montos astronómicos (para la economía ecuatoriana) de dinero es la generación de empleo. No cabe duda que este es uno de los problemas más apremiantes que enfrenta en la actualidad la sociedad ecuatoriana y con perspectivas de convertirse en el corto plazo en una verdadera bomba de tiempo. De acuerdo a la brillante estrategia propuesta, la inversión en el desarrollo de las industrias estratégicas generaría alrededor de cinco mil quinientos empleos dignos y de calidad. Esto significa que el Estado debe invertir, en promedio, dos millones de dólares para generar un puesto de trabajo. De acuerdo a esta escala, los fondos de la Reserva Federal estadounidense se quedarían cortos para resolver el problema del desempleo en el Ecuador. Sin lugar a duda, este es otro ejemplo de la asignación óptima de recursos escasos en proyectos de primera prioridad.

Un cambio de la matriz productiva en armonía con la naturaleza

Según se anotó anteriormente, uno de los pivotes sobre los cuales esta anclada la propuesta de cambio de la matriz productiva gira alrededor del aprovechamiento de “nuestra mayor ventaja competitiva”: la hidroelectricidad. Las industrias estratégicas seleccionadas para el cambio de la matriz productiva tienen la característica de ser actividades altamente intensivas en energía. Por consiguiente, la disponibilidad de energía abundante y barata constituye una evidente ventaja en la estructura de costos de producción de estas actividades industriales.

La hidroelectricidad, como la mayor ventaja comparativa que dispondría el país, sufre de una desmesurada inflación de optimismo. En primer lugar, parecería que en la mente de los tecnócratas el Ecuador es un país vasto, con cuencas hidrográficas extensas que se las puede represar, entubar sin afectar poblaciones, destruir áreas de cultivo y perturbar ecosistemas. Debemos tomar conciencia que el Ecuador es un país densamente poblado, con problemas para alcanzar su seguridad alimentaria, con ecosistemas frágiles; entonces, la idea de un potencial hidroeléctrico casi ilimitado es una falacia. Los recursos hidroeléctricos son mas bien limitados y su explotación en el futuro debe ser cuidadosamente estudiada para no afectar poblaciones, tierras de cultivo y ecosistemas.

Derivada de la idea de enormes recursos hidroeléctricos disponibles se presenta una segunda falacia, aquella de la energía barata. No se dispone de información objetiva sobre los costos de generación  de electricidad de las centrales hidroeléctricas en construcción. Pero, sin lugar a dudas, los costos de construcción de las centrales, las condiciones de financiamiento y los condicionamientos de los créditos, determinaran costos de la energía generada muy, pero muy superiores a costos estándares internacionales (ver al respecto: Un cambio de matriz energética bajo toda sospecha; Plan V). Entonces, la ventaja comparativa de energía barata necesariamente tendría que darse a través de enormes subsidios. Este es un ejemplo de planificación creativa: como crear una ventaja competitiva a partir de una ventaja comparativa inexistente.

Los recursos hidroeléctricos son mas bien limitados y su explotación en el futuro debe ser cuidadosamente estudiada para no afectar poblaciones, tierras de cultivo y ecosistemas.

El tercer elemento a tener en cuenta a propósito de la hidroelectricidad como ventaja comparativa no se la puede caracterizar como falacia propiamente dicha, sino que se inscribe en el marco de la mas pura dialéctica de la revolución ciudadana, aquella de la convergencia de los contrarios: generar la energía mas limpia para mover la industria mas sucia!

Quizá pocos lectores y lectoras recuerden el infame memorándum dirigido a los ejecutivos y expertos del Banco Mundial, en el que L. Summers, entonces vicepresidente de esa institución, preguntaba a sus subalternos si “¿no debería el Banco Mundial incentivar la migración de industrias sucias a los países subdesarrollados?”. En nombre de la eficiencia económica y bajo un impecable razonamiento derivado de la más pura ideología del neoliberalismo (la economía neoclásica), el inefable funcionario encontraba razones de peso para hacerlo. En el caso que nos ocupa, no han sido necesarios ni los condicionamientos atados a los préstamos,  ni las famosas cartas de intención para acoger la propuesta del mencionado funcionario y propiciar (por lo menos en el papel) el desarrollo de las industrias más sucias y contaminantes en territorio nacional. Otro triunfo gratuito del neoliberalismo gracias a la generosidad de la revolución ciudadana.

La siderurgia, la refinación de cobre y, sobre todo, el procesamiento de la bauxita para la producción de aluminio son quizá las industrias más contaminantes por las emisiones, los deshechos y los efluentes que producen. Además de las emisiones de gases (perfluoruro de carbono, fluoruro de sodio, entre otros), cuyo efecto sobre el calentamiento global sobrepasa en miles de veces el efecto del CO2, estas industrias generan cantidades inmensas de vapores tóxicos, aerosoles, aromáticos y polvos venenosos. La deslocalización de estas industrias desde los países industrializados hacia los países pobres no se debe a un acto de filantropía sino a una elemental protección de sus poblaciones ante los efectos letales sobre la salud que provocan esas actividades industriales. El calificativo de aldeas de cáncer para denominar a las ciudades de China cercanas al emplazamiento de estas industrias no es fortuito. Aquí cabe preguntar a los proponentes de la estrategia de cambio de la matriz productiva  ¿en dónde quedó aquella promesa de “nunca jamás el capital sobre el ser humano”?

No se quedan atrás los efectos devastadores sobre los ecosistemas (especialmente ríos) originados por la industria de la celulosa a partir de la madera. Basta recordar la encendida controversia entre Argentina y Uruguay por la instalación de una planta de celulosa en las orillas del rio Uruguay. Aquí bien podríamos imaginar una planta de celulosa junto a uno de nuestros ríos con descargas de efluentes como el licor negro, inmensas cantidades de sales de sulfatos, altas concentraciones de cloro. Además de la destrucción directa  de ecosistemas, están en juego centenares de miles de hectáreas de pastizales, paramos, bosques naturales, tierras dedicadas a la producción de alimentos, que en nombre de la rentabilidad necesariamente tendrán que ser reconvertidas para gigantescos monocultivos de eucalipto y pino, sin mencionar los impactos sobre la biodiversidad del país. Un ejemplo del más puro capitalismo neoliberal: la tierra, el territorio como objetos desprovistos de todo valor intrínseco, de toda relación social y toda significación simbólica se convierten en piezas sobre los cuales se ejerce la violencia de la acumulación capitalista.

5. Ecosistemas de innovación

No podía faltar en el discurso de cambio de la matriz productiva la referencia a la universidad como el elemento cardinal para el desarrollo de un sistema nacional de innovación. De acuerdo al plan estratégico de cambio de la matriz productiva “no existen mecanismos de transferencia tecnológica, de extensionismo [sic] tecnológico y científico ni canales sistémicos generalizados de conversación y coordinación entre la academia y el aparato productivo”.

Nuevamente se repiten las generalizaciones confusas sobre el papel de la universidad en el desarrollo productivo y que han terminado en una descontextualización peligrosa de las relaciones universidad – sociedad. Se parte de las mismas formulas simplificadoras de procesos complejos: una universidad aislada de su entorno social (“falta de articulación entre el talento humano, el conocimiento generado y el sector productivo”); una universidad culpable de la falta de diversificación productiva (“la oferta educativa y la producción científica, tecnológica y cultural es aun deficitaria frente a las necesidades de la transformación productiva”); una universidad mediocre (“la oferta de talento humano está lejos de alcanzar los niveles de otros países”); una universidad que no investiga (“débil producción científica sin correspondencia con las necesidades del aparato productivo”).

Estos temas, abordados por el autor del presente articulo en otros trabajos, caen fuera del objetivo de este análisis. Únicamente cabe resaltar aquí  es el monto de la inversión estimada por la Estrategia Nacional para el Cambio de la Matriz Productiva para las cuatro universidades emblemáticas que llevarán al país a la sociedad del conocimiento. De acuerdo al documento mencionado, se requiere hasta el año 2017 una inversión de alrededor de 2 mil millones de dólares (ver Cuadro 2). Es necesario recalcar que hasta la presente fecha, la inversión total no llega al 10% de esa cifra.

La Estrategia fue lanzada hace un poco mas de un año, es decir en momentos en los cuales la crisis económica ya era evidente y frente a un déficit fiscal galopante que  obligó al Gobierno a empezar con drásticos recortes en la inversión publica. Entonces, cuál es el sentido de insistir en una inversión de 2 mil millones de dólares en cuatro universidades cuyo único impacto es el debilitar el sistema nacional de educación superior? O el de proponer una inversión de 11 mil millones de dólares en cuatro complejos industriales que para cualquier persona medianamente alfabetizada no tienen la mas mínima viabilidad y así la tuviesen constituirían una catástrofe ecológica para el país.

La respuesta, valida aquí como para toda la estrategia de cambio propuesta,  encuentra su explicación en aquellas circunstancias cuando la tentación de engañar es mas fuerte que el sentido común. Porque todo el discurso de cambio de la matriz productiva no es sino eso, una mentira hábilmente manipulada para encubrir toda una cultura de incompetencia, despilfarro y corrupción. Con la debida aclaración sobre la diferencia entre el calificativo que merece un trabajo y el que se puede aplicar a su autor, sin ambages se puede afirmar que la Estrategia Nacional para el Cambio de la Matriz Productiva es una estupidez sin atenuantes.

 

http://www.planv.com.ec/historias/sociedad/el-cambio-la-matriz-productiva-o-la-mayor-estafa-politica-la-historia

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