La función política del intelectual *

Michel Foucault

Traducción del francés: Desiderio Navarro

 

* “La fonction politique de l’intellectuel”, Politique-Hebdo, 29 noviembre – 5 diciembre 1976, pp. 31-33.

 

(enviado por correo electrónico)

Hoy 25 de junio, aniversario de la muerte de Michel Foucault, los efectos de subjetividad que han logrado sus ideas se revelan cada vez más pertinentes y expansibles…

 

Durante largo tiempo el intelectual así llamado “de izquierda” ha tomado la palabra y se le ha reconocido el derecho de hablar como maestro de verdad y de justicia. Se lo escuchaba, o él pretendía hacerse escuchar, como representante de lo universal. Ser intelectual era ser un poco la conciencia de todos. Creo que en ello se hallaba una idea transpuesta a partir del marxismo, y de un marxismo apagado: del mismo modo que el proletariado, por la necesidad de su posición histórica, es portador de lo universal (pero portador inmediato, no reflexivo, poco consciente de sí mismo), el intelectual, por su elección moral, teórica y política, quiere ser portador de esa universalidad, pero en su forma consciente y elaborada. El intelectual sería la figura clara  e individual de una universalidad de la que el proletariado sería la forma sombría y colectiva.

Hace muchos años que no se le pide ya al intelectual desempeñar ese papel. Se estableció un nuevo modo de “vínculo entre la teoría y la práctica”. Los intelectuales se han acostumbrado a trabajar no en lo “universal”, lo “ejemplar”, lo “justo y verdadero para todos”, sino en sectores determinados, en puntos precisos donde los sitúan sea sus condiciones profesionales de trabajo, sea sus condiciones de vida (la vivienda, el hospital, el asilo, el laboratorio, la universidad, las relaciones familiares o sexuales). Han ganado seguramente una conciencia mucho más concreta e inmediata de las luchas. Y han encontrado allí problemas que eran específicos, “no universales”, diferentes a menudo de los del proletariado o de las masas. Y, sin embargo,  se han acercado realmente a éstos, creo yo, por dos razones: porque se trataba de luchas reales, materiales, cotidianas, y porque encontraban a menudo, pero en otra forma, el mismo adversario que el proletariado, el campesinado o las masas: las multinacionales, el aparato judicial y policíaco, la especulación inmobiliaria, etc. Es lo que yo llamaría el intelectual “específico” por oposición al intelectual “universal”.

Esta nueva figura tiene otra significación política: ha permitido, si no soldar, al menos rearticular categorías bastante semejantes que habían permanecido separadas. El intelectual, hasta entonces, era por excelencia el escritor: conciencia universal, sujeto libre, se oponía a los que no eran sino personas competentes al servicio del Estado o del Capital (ingenieros, magistrados, profesores).

Dado que la politización se opera a partir de la actividad específica de cada uno, el umbral de la escritura, como marca sacralizante del intelectual, desaparece. Y pueden producirse entonces nexos transversales de saber a saber, de un punto de politización a otro: así pues, los magistrados y los psiquiatras, los médicos y los trabajadores sociales, los laboratoristas y los sociólogos pueden, cada uno en su lugar apropiado y por la vía del intercambio y el apoyo, participar en una politización global de los intelectuales. Este proceso explica que, si el escritor tiende a desaparecer como mascarón de proa, el profesor y la universidad aparecen, no quizás como elementos principales, pero sí como “intercambiadores”, puntos de cruces privilegiados. La razón de que la Universidad y la enseñanza hayan devenido regiones políticamente ultrasensibles es, sin duda, ésa. Y lo que se llama la crisis de la Universidad no debe ser interpretado como pérdida de poder, sino, por el contrario, como multiplicación y reforzamiento de sus efectos de poder, en el medio de un conjunto multiforme de intelectuales que, prácticamente todos, pasan por ella, y se remiten a ella […].

Me parece que esta figura del intelectual “específico” se desarrolló a partir de la Segunda Guerra Mundial. Es quizás el físico atómico –digámoslo con una palabra, o más bien con un nombre: Oppenheimer— quien constituyó la articulación entre el intelectual universal y el intelectual específico. El físico atómico intervenía porque tenía una relación directa y localizada con la institución y el saber científico; pero, puesto que la amenaza atómica concernía a todo el género humano y al destino del mundo, su discurso podía ser al mismo tiempo el discurso de lo universal. Bajo la capa de esa protesta que concernía a todo el mundo, el sabio atómico hizo funcionar su posición específica en el orden del saber. Y, por primera vez, creo yo, el intelectual fue perseguido por el poder político no ya en función del discurso general que él formulaba, sino a causa del saber que él poseía: era en ese nivel en el que él constituía un peligro político […].

Se puede suponer que el intelectual “universal” tal como funcionó en el siglo XIX y en el principio del siglo XX se derivó, en realidad, de una figura histórica muy particular: el hombre de justicia, el hombre de ley, el que, al poder, al despotismo, a los abusos, a la arrogancia de la riqueza, opone la universalidad de la justicia y la equidad de una ley ideal. Las grandes luchas políticas en el siglo XVIII se hicieron en torno a la ley, al derecho, a la Constitución, a lo que es justo según razón y natura, a lo que puede y debe valer universalmente. Lo que se llama hoy día el “intelectual” (quiero decir el intelectual en el sentido político, y no sociológico o profesional, de la palabra, es decir, el que hace uso de su saber, de su competencia, de su relación con la verdad en el orden de las luchas políticas) nació, creo yo, del jurista, o, en todo caso, del hombre que invocaba la universalidad de la ley justa, eventualmente contra los profesionales del derecho (Voltaire, en Francia, prototipo de esos intelectuales). El intelectual “universal” se deriva del jurista-notable y halla su expresión más plena en el escritor, portador de significaciones y valores en los que todos pueden reconocerse. El intelectual “específico” se deriva de una figura totalmente distinta, no ya el “jurista-notable”, sino el “científico-experto” […].

Regresemos a cosas más particulares. Admitamos, con el desarrollo en la sociedad contemporánea de las estructuras técnico-científicas, la importancia adquirida por el intelectual específico desde hace décadas. Y la aceleración de ese movimiento desde 1960. El intelectual específico encuentra obstáculos y se expone a peligros. Peligro de limitarse a luchas de coyuntura, a reivindicaciones sectoriales. Riesgo de dejarse manipular por partidos políticos o aparatos sindicales que dirigen esas luchas locales. Riesgo sobre todo de no poder desarrollar esas luchas por falta de estrategia global y de apoyos externos. Riesgo también de no ser seguido o de serlo solamente por grupos muy limitados. En Francia, tenemos actualmente un ejemplo de ello ante los ojos. La lucha relativa a la prisión, al sistema penal, al aparato policíaco-judicial, por haberse desarrollado “en solitario” con trabajadores sociales y ex-presidiarios, se ha separado cada vez más de todo lo que podía permitirle ampliarse. Se dejó penetrar por toda una ideología ingenua y arcaica que hace del delincuente a la vez la inocente víctima y el puro rebelde, el cordero del gran sacrificio social y el lobato de las revoluciones futuras. Ese retorno a los temas anarquistas del fin del siglo XIX sólo fue posible por una falta de integración en las estrategias actuales. Y el resultado es un divorcio profundo entre esa pequeña canción monótona y lírica, pero que sólo es escuchada en grupos muy pequeños, y una masa que tiene buenas razones para no creerla ingenuamente, pero que, por el miedo a la criminalidad cuidadosamente  cultivado, acepta el mantenimiento, y hasta el reforzamiento, del aparato judicial y policíaco.

Me parece que estamos en un momento en el que la función del intelectual específico debe ser reelaborada. No abandonada, a pesar de la nostalgia de algunos por los grandes intelectuales “universales” (“Necesitamos, dicen, una filosofía, una visión del mundo”). Basta recordar los importantes resultados obtenidos en psiquiatría: ellos prueban que esas luchas locales y específicas no han sido un error y no han conducido a un callejón sin salida. Se puede decir incluso que el papel del intelectual específico debe devenir cada vez más importante, a la medida de las responsabilidades políticas que, de buena o mala gana, él es realmente obligado a tomar como físico atómico, genético, informático, farmacólogo, etc. Sería peligroso descalificarlo en su relación específica con un saber local, bajo pretexto de que eso es asunto de especialistas que no interesa a las masas (lo que es doblemente falso: éstas tienen conciencia de eso y, de todos modos, están implicadas en eso), o de que él sirve a los intereses del Capital y del Estado (lo que es verdad, pero muestra al mismo tiempo el lugar estratégico que él ocupa), o, también de que él es un vehículo de una ideología cientificista (lo que no siempre es verdad y, sin duda, sólo es de importancia secundaria con respecto a lo que es primordial: los efectos propios de los discursos verdaderos).

Lo importante, creo yo, es que la verdad no está fuera de poder ni sin poder (no es, a pesar de un mito cuya historia y funciones habría que retomar, la recompensa de los espíritus libres, el producto de las largas soledades, el privilegio de los que han sabido emanciparse). La verdad es de este mundo; es producida en él gracias a múltiples constreñimientos. Y posee en él efectos regulados de poder. Cada sociedad tiene su régimen de verdad, su “política general” de la verdad: es decir, los tipos de discurso que ella acoge y hace funcionar como verdaderos; los mecanismos y las instancias que permiten distinguir los enunciados verdaderos o falsos, la manera como se sanciona a unos y otros; las técnicas y los procedimientos que son valorizados para la obtención de la verdad; el status de los que tienen la misión de decir lo que funciona como verdadero.

En sociedades como las nuestras, la “economía política” de la verdad se caracteriza por cinco rasgos históricamente importantes: la verdad está centrada sobre la forma del discurso científico y sobre las instituciones que lo producen; es sometida a una constante incitación económica y política (necesidad de verdad tanto para la producción económica como para el poder político);  es el objeto, bajo formas diversas, de una inmensa difusión y consumo (circula en aparatos de educación o de información cuya extensión es relativamente amplia en el cuerpo social, a pesar de ciertas limitaciones estrictas), es producida y transmitida bajo el control no exclusivo, pero dominante, de varios grandes aparatos políticos o económicos (Universidad, ejército, escritura, medios); por último, es lo que está en juego de todo un debate político y de todo un enfrentamiento social (luchas “ideológicas”).

Me parece que lo que es preciso tomar en cuenta, ahora, en el intelectual, no es, pues, el “portador de valores universales”; es realmente alguien que ocupa una posición específica –pero de una especificidad que está ligada a las funciones generales del dispositivo de verdad en una sociedad como la nuestra. En otras palabras, el intelectual depende de una triple especificidad: la especificidad de su posición de clase (pequeño burgués al servicio del capitalismo, intelectual “orgánico” del proletariado); la especificidad de sus condiciones de vida y de trabajo, ligadas a su condición de intelectual (su dominio de investigación, su puesto en un laboratorio, las exigencias económicas o políticas a las que se somete o contra las cuales se rebela, en la universidad, en el hospital, etc.); por último, la especificidad de la política de verdad en nuestras sociedades.

Y es allí donde su posición puede cobrar una significación general; donde el combate local o específico que él conduce trae consigo efectos, implicaciones que no son simplemente profesionales o sectoriales. Él funciona o lucha en el nivel general de ese régimen de la verdad tan esencial para las estructuras y el funcionamiento de nuestra sociedad. Hay un combate “por la verdad” o al menos “en torno a la verdad”, dando por sentado, una vez más, que con verdad no quiero decir “el conjunto de las cosas verdaderas que hay que descubrir o que hacer aceptar”, sino “el conjunto de las reglas según las cuales se separa lo verdadero de lo falso y se asocian a lo verdadero efectos específicos de poder”; dando por sentado también que no se trata de un combate “en favor” de la verdad, sino en torno al status de la verdad y al papel económico-político que ella desempeña. Hay que pensar los problemas políticos de los intelectuales no en los términos “ciencia/ideología”, sino en los términos “verdad/poder”. Y es entonces que se puede considerar de nuevo la cuestión de la profesionalización del intelectual, de la división del trabajo manual/intelectual.

Todo eso debe parecer muy confuso, e incierto. Incierto, sí, y lo que digo ahí es sobre todo en calidad de hipótesis. Sin embargo, para que sea un poco menos confuso, quisiera presentar varias “propuestas” –en el sentido no de cosas admitidas, sino solamente ofrecidas para ensayos o pruebas futuras:

— por “verdad” entender un conjunto de procedimientos regulados para la producción, la ley, la repartición, la puesta en circulación y el funcionamiento de los enunciados;

— la “verdad” está ligada circularmente a sistemas de poder que la producen y la sostienen, y a efectos de poder que ella induce y que la prorrogan. “Régimen” de la verdad;

— ese régimen no es simplemente ideológico o supraestructural; ha sido una condición de formación y de desarrollo del capitalismo. Es él el que, a reserva de varias modificaciones, funciona en la mayor parte de los países socialistas (dejo abierta la cuestión de China, que no conozco);

— el problema político esencial para el intelectual no es criticar los contenidos ideológicos que estarían ligados a la ciencia o hacer las cosas de modo que su práctica científica sea acompañada por una ideología justa, sino saber si es posible constituir una nueva política de la verdad. El problema no es cambiar la “conciencia” de las gentes o lo que tienen en la cabeza, sino el régimen político, económico, institucional de producción de la verdad;

— no se trata de emancipar la verdad de todo sistema de poder –lo que sería una quimera puesto que la verdad misma es poder—, sino de separar el poder de la verdad de las formas de hegemonía (sociales, económicas, culturales) en el interior de las cuales por el momento ella funciona […].

 

Traducción del francés: Desiderio Navarro

 

* “La fonction politique de l’intellectuel”, Politique-Hebdo, 29 noviembre – 5 diciembre 1976, pp. 31-33.

Texto traducido y divulgado exclusivamente con fines educacionales. Las omisiones señaladas con corchetes y puntos suspensivos figuran en la edición francesa empleada. Se prohíbe su reproducción

 

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